lunes, junio 02, 2008
domingo, septiembre 30, 2007
A mi perro de la infancia lo llame Tristeza; por eso, cuando te conocí, me vi obligado a matarlo. Ahora que te has ido ¿qué haré? Sin ti, sin perro y sin tristeza.
domingo, septiembre 23, 2007
LA CIMA DE LOS LAMENTOS
El amanecer, entorpecido por un cielo plomizo, iluminó sin prisas las colinas en el horizonte; revelando el potrero cubierto de huizaches y las mojoneras de piedra que delineaban los prados de don Pedro, en los que maduraban, también sin prisas, unas cuantas matas de maíz, plantadas trabajosamente durante la temporada de secas. Las gallinas cacareaban en los corrales, ladraba un perro atado de un huizache, don Pedro asistía al pajarete y doña Eulalia daba instrucciones a las muchachas. Mientras tanto, el primer rayo de luz, propiamente dicho, penetró cansino en la ventana de Pedrito, iluminando unas ojeras profundas, estridentes en su cara de niño, y una sonrisa siniestra de travesura y complicidad.
Mientras el rocío se condensaba frío en la ventana, Pedrito apresuró los preparativos del día. En un atado de manta, introdujo descuidadamente una cantimplora que, a pesar de los reclamos de su madre, acostumbraba llenar con agua de la noria todos los días; una resortera de pino con ligas de goma, unos cuantos carrizos y la navaja de explorador que le había regalado su padrino en navidad. Con todo el sigilo del que es capaz un niño de ocho años, Pedrito abandonó su habitación y se dirigió escaleras abajo hasta la cocina. Tuvo especial cuidado al apoyarse en el descansabrazos que usualmente no tenía empacho en rechinar su vejez y su abandono; y se deslizó como una sombra sobre la duela carcomida del vestíbulo. Una vez en la cocina, mientras echaba furtivas miradas por encima del hombro, se hizo de un pedazo de queso fresco y de un trozo de carne salada que serían de mucha utilidad a donde iba.
En situaciones normales, cuando escuchaba la voz de su madre llamándolo, Pedrito se exaltaba nerviosamente y una descarga eléctrica recorría dolorosamente su espina dorsal; por eso cuando su madre lo llamó desde el corral esa mañana, Pedrito se detuvo en seco, dejando caer la taza de barro negro que sostenía entre las manos y contuvo la respiración mientras la taza se hacía añicos sobre el suelo de la cocina.
Con las mandíbulas tensas y recriminándose su propia torpeza, Pedrito cruzó como un rayo la cocina y el vestíbulo, para salir corriendo por la puerta principal.
Justo antes de abandonar su casa, Pedrito se tocó el pecho ahí donde colgaba de un lazo de cáñamo su nueva adquisición y, una vez que se hubo cerciorado de que seguía ahí, no paró de correr sino hasta después de que hubo dejado atrás el jagüey cubierto de lirio donde abrevaban algunas vacas de su padre, la cerca de piedra que lindaba el potrero, el gigantesco guamúchil en el que su madre y su padre habían gravado sus nombres entrelazados, la jacaranda morada en que anidaban las golondrinas de primavera y el Arroyo Prieto cuyas aguas frías teñían de filigranas rojas los solares de aquel pueblo, que, para Pedrito, había constituído hasta ese día, su universo entero.
Muchas veces, en el límite incandescente que proyectaba la lámpara de aceite o escondido tras la gruesa puerta de roble que se abría al vestíbulo, Pedrito había escuchado a su padre hablar con otros hombres sobre la Cima de los Lamentos y lo que pasaba ahí. Cuando los mayores hablaban sobre la Cima, lo hacían en susurros, disfrazando en ellos palabras innombrables, frases de terribles sonidos, como si temieran que al pronunciarlas se materializaran en su presencia e invadieran sus hogares, sus jardines y sus huertas.
Así, Pedrito se enteró de que en la Cima de los Lamentos había algo (o alguien) que era distinto de todos los adultos que conocía. Algo (o alguien) que infundía temor en ellos y los desconcertaba, que hacía que los hombres hablaran en voz baja y las mujeres se persignaran apuradamente y procuraran un inmediato cambio de conversación.
Mucho tiempo meditó Pedrito en estas cuestiones, y tas largos momentos de soledad, después de haberse hastiado de destripar las ranas que capturaba en el jagüey o de lanzar, con su resortera, precisas rocas en contra de las golondrinas que perdían su camino entre los huizaches, Pedrito llegó a una conclusión irrefutable: aquello que habitaba la Cima de los Lamentos y que tanto estupor ocasionaba entre los adultos tenía que ser… forzosamente debía tratarse de un mago.
La idea de que era un poderoso hechicero quien habitaba la Cima de los Lamentos, le fue confirmada a Pedrito una tarde en la que cruzaba la plaza en su camino de regreso a casa.
Había ido al templo, no porque fuera especialmente devoto, sino porque en ocasiones gustaba de introducirse a hurtadillas en la sacristía y molestar al gordo sacristán, quien siempre terminaba librando una lucha desesperada contra las chinches y bichos que invariablemente encontraba pululando en su jergón, sin importar cuantas veces lo lavara o mudara en su totalidad. Esa tarde, Pedrito presenció una escena particular. Un hombre viejo y tambaleante forcejeaba fieramente con un agente de policía.
– ¿Por qué no haces nada cerdo inmundo? –gritaba, mientras procuraba, a un tiempo, derribar al oficial y salvar la botella de mezcal que sostenía en la mano, de estrellarse irremediablemente contra el empedrado.
– ¡Cobarde! ¡Tú sabes dónde está! ¡En la Cima! ¡Si, en la Cima! ¡Él la tiene! ¡En la Cima! ¡En la Cima! Mi hija está en…
No alcanzó a terminar la frase, fue derribado por un fuerte golpe en el rostro y, con un ruido seco, cayó al suelo. Tendido en el suelo con la boca abierta clavó su mirada en Pedrito, quien lo observaba atentamente sin hacer ningún ruido, y no dijo nada más.
Cuando, al anochecer, Pedrito regresó a su casa escuchó a su mamá conversar con la criada de la cocina:
– ¡Qué barbaridad!
– Y no sólo eso señora. Esta tarde lo han agarrado armando lío en la plaza.
– ¡Cómo!
– Ha acusado al gendarme de cobarde porque no ha ido a la Cima a rescatar a su hija.
– ¡Pobre hombre!
– Ahora que ha abierto la bocota, no me sorprendería que el viejo Manuel desapareciera como por arte de magia.
– ¡Alabado sea el Señor!
Allá arriba, el seno ígneo y ancestral de la Cima cedía en su afán de dureza y perpetuidad, dejando escurrir, como por descuido, un hilillo de agua transparente que, al llegar a los estratos más bajos de aquél monte, se mezclaba con la arcilla roja y tomaba prestado su color. De ahí que los habitantes de aquélla zona lo llamaran el Arroyo Prieto.
Hay un lugar, más allá de toda cerca, mojonera y abrevadero, donde el Arroyo Prieto depositó en su vera el tronco de un viejo encino que, impedido de ser nido de cenzontles, tullido y encadenado, se había consolado en saberse madriguera de liebres y reía de gusto por la cosquilla de crías y de dientes que vibraban en su entraña.
En ese lugar se detuvo Pedrito. El agua fría que vertió sobre su cara lo tranquilizó. Realmente no sabía que es lo que haría cuando llegara hasta la Cima. ¿Qué tal si no encontraba al mago? En ese caso habría hecho enfadar a su padre en balde y temía profundamente lo que su padre pudiera hacerle al regreso. Existía también la posibilidad de que encontrara al mago, pero a éste no le gustaran las visitas y terminara convirtiéndolo en lagartija. ¿Qué tal si lo convirtiera en lagartija? Entonces se vería obligado a arrastrarse sobre su vientre llenándose de polvo y pinchándose con las espinas, hasta que un niño como él lo encontrara y le disparara con un rifle de copas, o lo lanzara hecho un proyectil viviente, desde el receptáculo de cuero de una honda. Sin embargo, no había vuelta atrás, a lo hecho pecho. A estas alturas su madre ya lo estaría buscando y su padre habría desatado los perros que vendrían a prenderle con sus fauces abiertas y babeantes, con los ojos desorbitados de furia. Casi podía escuchar sus ladridos encolerizados y sentir sus fétidos alientos erizándole los pelos de la nuca. Volteó rápidamente hacia atrás, para no dejarse sorprender, pero no había nada. Nadie le seguía.
Después de refrescarse, Pedrito se aseguró que todo estuviera en orden. Tomó un poco de agua de su cantimplora, comió un pedazo de queso, revisó que el artefacto siguiera colgado de su cuello y comenzó el camino cuesta arriba.
La Cima de los Lamentos subía en una empinada colina quinientos metros sobre el nivel del valle, desde ahí, una sólida pendiente de roca volcánica se elevaba casi en vertical otros cien metros para encontrarse con una meseta tasajeada de barrancas y hondonadas. Hacía mucho tiempo que la gente del pueblo no subía a la Cima, por eso, los senderos que la recorrían estaban prácticamente abandonados, invadidos de hierba y, en la mayoría de sus segmentos, se encontraban irreconocibles.
Los primeros cien metros de la ascensión fueron los peores. En ese estrato, la colina estaba cubierta de huizaches enanos y mezquites espinosos que le impedían avanzar en línea recta. Aún con su escasa estatura, Pedrito se vio obligado a andar encogido entre los punzantes aguijones, sofocándose en la atmósfera polvosa y caliente que le envolvía. Al final, para seguir avanzando tuvo que arrastrarse en el suelo entre las espinas. La boca, los ojos y el pelo se le llenaron de tierra parda y el polvo se le coaguló en los poros forrándolo en una segunda piel caliente, reseca y escamada, hasta el punto que se pensó lagartija y un terror sofocado brotó de su piel en un centenar de llagas dolientes y enrojecidas. Pero habría de avanzar, a toda costa y, finalmente, los arbustos se hicieron más escasos, las espinas menos agudas y la tierra más fresca. Pudo ver que a su alrededor, los arbustos esteparios se convertían poco a poco, en orgullosos encinos, en cuyas tiernas ramas anidaba un viento refrescante y los cenzontles cantaban con sus cuatrocientas voces y el suelo era un crujir de hojas que charlaban alegres. Cuando Pedrito, sangrante, pudo por fin erguirse, se sentó en el suelo y se echó a llorar.
Lloraba de miedo y alivio. Miedo de encontrarse solo por primera vez, en un bosque desconocido, miedo de encontrarse frente a frente con el mago. Miedo, de que el encinar le tendiera una trampa, de que vinieran los cenzontles con sus picos agudos y sus patas inquietas a rasgar su carne y darse un festín con sus ojos. Miedo del sol que, habiendo alcanzado el cénit tras las nubes, comenzaba su carrera en descenso. Miedo de los truenos y de sus estruendosos alaridos que, como ráfaga de artillería, azotaban el bosque allá en lo alto. Alivio, de enterarse que no había sido convertido en lagartija.
Cuando dejó de llorar y se sintió más calmado, se irguió tanto como se lo permitía la corcovilla que le acompañaba de nacimiento y comenzó a ascender la colina, con paso seguro y estable, pero mirando por sobre sus hombros continuamente a la menor provocación.
Ahora bien, un hombre adulto habría interpretado inmediatamente las numerosas señales que gritaban que el bosque no era un lugar seguro. Incluso un adolescente o un niño normal, habría distinguido los signos que mantenían alejados a los hombres de la Cima, que gritaban el peligro de la barranca y pregonaban que se trataba de un territorio rebelde. Pero Pedrito no los notó y así, no se dio cuenta que el suelo estaba sembrado de casquillos vacíos, testimonio violento de que los hombres, opresos por el poderoso, tentados por la ambición o atizados por la miseria, defienden lo propio con ráfagas de metralla; no se dio cuenta de las señas gravadas en los árboles y las rocas, en el camino desierto y en el retumbar rítmico de los truenos en la lejanía. Todo ello le gritaba al unísono: ¡Alejate! ¡Territorio Rebelde! Pero Pedrito no escuchó nada.
Tuvo suerte, sin embargo, de que, encorvado como era, lleno de tierra y fango, pequeñito y cubierto por la vegetación, la patrulla de las siete no lo viera pasar. Ignorado, Pedrito siguió su camino y ascendió incansablemente con la mano firme sujetando la extraña roca que, atada al cordón de cáñamo, colgaba de su cuello.
Quince años antes de que Pedrito avanzara frente a la patrulla rebelde en su camino hacia la Cima de los Lamentos, dos sucios vaqueros bebían y blasfemaban cerca de las tierras de Don Pedro. Habían robado una hermosa botella verde, de whisky, de la que tomaban con avidez. Finalmente, su torpe perorata se transformó en una salvaje riña, y la hermosa botella de vidrio verde se hizo pedazos contra la nuca de uno de ellos, matándolo. A la mañana siguiente, los servicios municipales se hicieron cargo del asunto y se llevaron toda la evidencia que había en aquél sitio. Quiso el descuido o la casualidad, que se olvidaran de recoger un trozo de vidrio verde que se había escondido entre el ensangrentado barro. El viento y la lluvia hicieron el resto. Durante quince años, la naturaleza se encargó de modelar el punzante trozo de vidrio, moldeando sus puntas y limando sus filosos bordes, esculpiendo lo que a Pedrito le pareció una roca mágica y luminosa, invaluable, que debía habérsele extraviado al poderoso mago que habitaba en la Cima de los Lamentos y en cuya devolución había depositado Pedrito toda su esperanza.
Había anochecido y Pedrito estaba fatigado, aunque las heridas habían dejado de sangrar, le dolían todos sus miembros y tenía, frío, miedo y hambre. Esa noche había luna nueva y las estrellas encendían el cielo. Pedrito siguió caminando a tropezones, hasta que distinguió, entre la maleza, una débil luz rutilante. Al acercarse, Pedrito se encontró con lo que parecían los restos de una fogata de la que emanaba un agradable calor, pero cuya luz estaba casi totalmente extinta. Dio un vistazo alrededor, tratando de penetrar la penumbra, pero era inútil. La noche era una cortina azabache que le había envuelto y no distinguía más allá del extremo de sus brazos extendidos. No quedaba otra cosa que hacer que dormir. Ya mañana buscaría al mago y le entregaría la preciada roca que se le había extraviado. Resuelto, Pedrito se las arregló para confeccionar una almohada con su manta y con la navaja de explorador apretada contra el pecho y la resortera preparada al alcance de la mano, se quedó profundamente dormido.
Esta vez, el sol se asomó de prisa, manifestando toda su gloria en un cielo despejado y Pedrito despertó deslumbrado por su feroz iridiscencia.
Cuando Pedrito abrió los ojos, se quedó seco del susto. Aunque el sol le pegaba de lleno en la cara, cegándolo casi por completo, pudo distinguir claramente y frente a él al mago que flotaba inmóvil bajo un encino.
Pedrito no podía ver su cara, de hecho, con el sol de frente, lo único que distinguía era la silueta oscura y definida del mago que parecía parado sobre el aire y cuya cabeza y hombros quedaban ocultos tras una de las ramas del encino. Pedrito no pudo ver la soga, ni la mueca de desesperación con la que el mago se había despedido del pelotón rebelde de ejecución. Pero aún y cuando la hubiera visto, ello no hubiera hecho diferencia alguna, para Pedrito, era el mago quien había venido a su encuentro y él tenía una importante misión que cumplir. Así que Pedrito cerró los ojos para esconderse del espanto, se puso de rodillas e, inclinando su cabeza en una profunda reverencia, depositó la roca mágica en el suelo frente al mago. Fue entonces cuando Pedrito habló por primera vez.
Sus palabras fueron las del niño que, oculto entre las sábanas, pasa la noche en vela, temeroso del monstruo en el armario y que sabe que, por más que llame, su padre no vendrá a defenderle. Fueron las palabras del niño que ha caído del triciclo y ha raspado sus codos y rodillas pero que, por más que busque, no encuentra a nadie que lo ayude a levantarse. Habló como hubiera hablado aquél que, lleno de barro, observa desde lo lejos un partido de futbol, pues sabe que no podría patear siquiera la pelota. Todo lo que Pedrito decía parecía derramarse lentamente desde el fondo de su corazón y poco a poco, el encinar fue palideciendo de tristeza y desesperanza; porque sus palabras eran las de la guirnalda que no ha sido arrancada para adornar la frente núbil de una joven de plata. Pedrito hablaba de su entorno, de su abandono, de todas las cosas que acontecían a su alrededor y que él no entendía. Todo ello lo sobrecogía dolorosamente porque Pedrito no entendía nada. No entendía a sus padres, ni el porqué de sus afanosas jornadas; no entendía su cariño, ni sus caricias, porque sospechaba un velo de tristeza que asomaba fugaz en sus miradas. No entendía a los otros niños, ni el por qué de sus juegos y risas, porque intuía la repulsión o la sorna, que se escondía nublada en cada juego y en cada broma. No entendía al párroco, ni al sacristán, porque detrás del Cristo colgado en el altar, Pedrito no veía nada.
Pero el mago no contestó y cuando Pedrito calló, el bosque quedó sumido en un profundo silencio. Sólo se escuchaba el sonido de la cuerda que crujía abrumada por el peso del mago que se balanceaba rítmicamente bajo el encino.
Pedrito entendió entonces una cosa: entendió que irremediablemente, estaría por siempre solo.
En el camino de regreso Pedrito se encontró, de nuevo, frente a frente con el espinar. Esta vez, Pedrito se tomó su tiempo y caminó a lo largo del espinar buscando un sendero que lo cruzara. Fue entonces cuando escuchó el quejido. Un doloroso lamento brotaba del centro mismo del espinar y Pedrito sintió como si una punzante aguja se enterrara profundamente en su pecho. Por primera vez en su vida, Pedrito sintió compasión.
Sin pensarlo más se avalanzó entre las espinas. Avanzaba tan rápido como podía y los aguijones se hundieron inmisericordes entre sus carnes, y el polvo se introdujo, ardiente, en sus ojos y boca y, otra vez, el aire caliente resecó su garganta y sufrió la asfixia seca del aire viciado que languidecía entre las espinas. En el centro del huizachal había un niño, perdido y asustado, que se quejaba penosamente y cuyo cuerpo se veía tan destrozado como el de Pedrito.
Sin decir palabra, Pedrito llegó junto al niño, con su navaja de explorador cortó las ramas que lo ataban y lo arropó con su propio cuerpo, abriéndose camino entre las espinas.
Pedrito cargó al niño sobre su espalda hasta la entrada del pueblo, ahí se despidieron y Pedrito se dirigió a su casa.
El sol ya se ponía y en los prados de Don Pedro no se escuchaba ningún sonido. Cuando entró en la casa descubrió a su madre llorando amargamente en la cocina. –No te preocupes, madre. –le dijo. –Ya todo va a estar bien.
martes, octubre 24, 2006
Cama Roja
Cuando abrió la puerta la intuyó insinuada en la penumbra, apenas esbozada en el rojo satín, encendido en donde la luna proyectaba su lánguido roce a través de la ventana, impenetrable a la sombra de la habitación, del dintel barroco y de la cordillera culposa de su propio cuerpo enmarañado entre las sábanas.
La habitación en la tiniebla, templo apóstata de su felonía, transpiraba su olor insoportablemente mezclado con el del canalla. Le pareció que todo el dormitorio hubiera sido ungido con un bálsamo espeso que le repugnaba, extraído burdamente del susurro indiscreto, de la caricia disimulada, del beso felón, de los pasos amortiguados en la alfombra y del estruendo imperdonable del satín nervioso, de la rabiosa tormenta de los muslos y los vientres confundidos.
Tuvo que detenerse y respirar, cerrar los ojos y esperar a que la imagen desapareciera. Contuvo las náuseas por un instante, mientras su respiración agitada le desgarraba los pulmones colmados de ira contenida, amenazando con explotar en un aullido desesperado e incontrolable que habría dado al traste con todo. Lentamente, su propio peso le fue venciendo y, temblando, cayó de rodillas. Se esforzaba aún por mantener el silencio, si ella despertara y le viera ahí, temblando como una cría, llorando y sosteniendo una daga… lloraba desconsoladamente, era como si el arma que sostenía entre las manos hubiera desgarrado ya todas sus entrañas, dejando un vacío incolmable, eterno… dudaba y, sin embargo, no había alternativa.
Asiéndose trabajosamente de una de las columnas que sostenían el dintel de la cama se incorporó y desde ahí, por fin, pudo verla. Yacía dormida e indiferente y aún así, mantenía el gesto altivo, la tensión arrogante en los labios, la expresión de quien se sabe poderoso e inalcanzable. Ni sus párpados cerrados contenían el fuego de su mirada, ni su respiración pausada y profunda ocultaba la pasión electrizante de su pecho. Su vientre oculto, que había sido promesa eterna de dicha, se adivinaba suyo entre las sábanas; la mano, complacida, se extendía hasta el infinito y se perdía en la oscuridad de la noche, mientras que, en el centro del conjunto, el seno desafiante se erguía argentino a la luz de la luna, como la última frontera que jamás cruzara… hasta hoy.
Subió lentamente a la cama, ahogando el más pequeño gemido del satín. Se sentó sobre su vientre y sintió bajo sus muslos y sus nalgas el cuerpo de ella, que se acurrucaba reconociendo un peso y un tacto familiar… amante. La vió entreabrir la boca, susurrar ininteligiblemente y sonreír, la vió humedecer los labios rojos a pesar de la luna que centelleaba azul sobre su piel blanca. Se acercó para besarla mientras sostenía la daga sobre su pecho. La sintió dispuesta, correspondiéndole con un beso de opio húmedo y excitante que estuvo a punto de hacerle claudicar, de hacerle aceptar sumisamente los términos que su retorcida voluntad le dictara, de aceptar a la maldita, con su infidelidad rampante y descarada, de anularse por completo entregándose al juego impuro que ella deseaba; pero no fue así. En un momento le asaltó de nuevo el dolor, la indignación quemante y mortal le avasalló, la habitación completa se encendió en carmín y un zumbido terrible comenzó a latir enloquecedor en sus sienes.
Mientras la seguía besando, recargó lentamente su cuerpo sobre la empuñadura de la daga. La vió abrir los ojos aterrorizados en la penumbra, la sintió moverse enloquecida bajo su cuerpo tratando de escapar y tuvo que morder los labios que besaba para ahogar el grito de auxilio que ya moría dentro de su boca. Pudo sentir como la penetraba, como se rasgaba la piel, se rompían los tendones y crujían los huesos y de pronto sintió una arrebatadora ola de plenitud, que le enloquecía pero que no le hizo apresurar la maniobra. Lentamente penetraba la daga y el impulso homicida y encadenado no mermó la firmeza del pulso, ni la fuerza de la mordida en los labios. Las convulsiones rítmicas bajo su cuerpo se sucedían al compás de la navaja que centímetro a centímetro penetraba en el cuerpo de la que había sido suya, de la que amaba por sobre todas las cosas…
Mientras la daga penetraba la carne el tiempo pareció distenderse, y cuando finalmente la empuñadura del arma presionaba fría contra el pecho enhiesto, cuando la desorbitada mirada de la amante dejó de implorar piedad y se cubrió con el velo ausente de la noche y todo lo que de vivo había en la habitación se convirtió en objeto… se recostó sobre ella y se echó a llorar.
Afuera, el reloj del patio daba las doce y diez…
II
Esa noche, como tantas, nos escurrimos de la fiesta y buscamos, a tientas, el camino de tu habitación. Nos costó trabajo encontrar el rumbo entre los pasillos, dormitorios y vueltas de la mansión; en cambio, el camino nos ofreció siempre un escondite, un momento oscuro en el que, como niños, anticipamos febrilmente el final de nuestra aventura. Cuando por fin llegamos, cerrojo a la puerta, dedo en los labios y risas contenidas, estallamos en una intensa flama incontrolable y callada que derritió nuestras ropas y se alimentó del satín voraz que enrojecía tu cama.
Colmadas nuestras almas y nuestros cuerpos, nos entregamos al ocioso placer de tejer fantasías de opio bajo el dintel de tu cama. Te recuerdo radiante y cansada, mientras te extinguías en un sopor onírico y balbucías mi nombre entre bocanadas de humo. Dormías y eras bella. Dormías y eras mía, y tuve que vencerme para incorporarme, y tuve que vencerme para abandonar el nicho, y contuve una lágrima cuando, destrozado, me obligué a olvidar echar cerrojo a la puerta y salí en silencio de la habitación.
En ocasiones, cuando se duerme, debido a alguna alquimia incomprensible, nuestros sueños reproducen con asombrosa precisión los estímulos que nos llegan del mundo real recomponiéndolos en fantasías que se desdoblan en un instante del pensamiento. Esa noche escuchaste que la puerta crujía ligeramente al abrirse; en tus sueños, era la puerta de un harem la que se habría y tú, hurí fabulosa y dorada, la que entraba engalanada y se tendía dispuesta y expectante sobre un mar carmesí de mullidos rubíes decorados con pavorreales. En la habitación, una visitante inesperada se tendía de rodillas y lloraba desconsoladamente; en tu harem, un sultán magnífico tropezaba y te miraba con complicidad. En tu cama, una mujer herida se deslizaba sobre ti sosteniendo en sus manos una daga de plata; en un momento, el sultán se desvanecía y reconocías el perfume de la intrusa todavía engarzado en los fantásticos rubíes sobre los que, en sueños, descansabas.
Aún así, entre sueños, la reconociste y le agradeciste en silencio que hubiera vuelto, que hubiera vencido esos estúpidos celos que inexplicablemente la habían asaltado. También la amabas ¿no es cierto? También susurrabas su nombre sofocado y evocabas sus manos inquietas y la mordida de sus labios de muñeca; también buscabas su mirada dulce que, asustada, solía sonrojarse tras un antifaz o esconderse en la vuelta y vuelta del vals en el salón; también extrañabas el rubor en el escote, el polvo en la mejilla y el cabello negro que cubría al mediodía y arrebataba en la intimidad.
También la amabas y por eso, cuando la descubriste sobre ti, sonreíste a pesar de estar exhausta. También la amabas y por eso, devolviste el beso húmedo en los labios. También la amabas y al sentir que la daga se incrustaba acerada en tu pecho no atinaste a gritar… el dolor de la traición ya te había matado.
También la amabas ¿no es cierto? Debí decírtelo… yo también.
-¡Ejem!... disculpe inspector ¿la conocía? –No. –respondo. Doy algunas órdenes mientras, nuevamente, abandono la habitación.
Afuera, en el patio, el reloj marca las doce y diez.
jueves, agosto 24, 2006
Ganas.
Con ganas de que brille la luna y encontrarte dormida. Con ganas de acecharte en tu sopor despreocupado, que huele a galletas recién horneadas y a hogar... con ganas de develarte lentamente y pedirte perdón y ahogarme en tu llanto, hacerte una bolita triste y callada... y guardarte en un beso o en un suspiro. Con ganas de semabrar en tu vientre y atarte; de arar en tus valles y quemarte, de vivir de tus mieses doradas, maduras, completas y perderme. Con ganas de ser ese otro que no soy, que tu ves en mi, y que amas tan apasionadamente.
Con ganas...
jueves, junio 01, 2006
La televisión
La televisión, amigo Daniel, es el Anticristo y le digo yo que bastarán tres o cuatro generaciones para que la gente ya no sepa ni tirarse pedos por su cuenta y el ser humano vuelva a la caverna y a la barbarie medieval, y a estados de imbecilidad que ya superó la babosa allá por el pleistoceno. Este mundo no se morirá de una bomba atómica como dicen los diarios, se morirá de risa, de banalidad, haciendo un chiste de todo, y además un chiste malo.
Y Edgar se cae.
Un hombrecito insignificante II
Durante muchos años Mr. Brown buscó una razón lógica, racional, para explicar el terror que sintió aquella noche. Ciertamente los hechos positivos, la realidad tangible que había contemplado no justificaba el también hecho positivo de haberse quedado petrificado frente a la puerta, con la mano prensada del picaporte. Tampoco encontraba justificado el hecho de que, tras unos momentos de estupefacta expectación, hubiera lanzado aquél grito horrendo que arrancó del sopor a las muchachas, que había silenciado súbitamente el didjeridu y que había puesto en alerta a todo el pueblo. Sólo en el lecho de muerte, después de haber contraído matrimonio con la propia señorita Scarlett y habiendo criado a dos preciosas niñas perfectamente australianas, pudo Mr. Brown comprender que detrás de todos los hechos positivos hay una razón mayor, un orden supremo que no puede ser reducido positivamente, pero para esto pasó mucho…mucho tiempo.
La noche del suceso, reunidos en conspiradora asamblea, Francis Joseph Sydney y Mr. Brown discutían los términos en que Charly se encontraría con la muerte.
–Podríamos aprehenderlo –carraspeó tímidamente Sydney –quiero decir, pedir a la policía que lo haga y condenarlo a la horca.
Mr. Brown desechó la idea con un ademán. Lo cierto es que se trataba de una opción bastante cómoda, pero tenía la gran desventaja de depender del Juez Goodman para lograr una condena en contra de Charly… y Goodman jamás condenaría a Charly a menos que éste cometiera un crimen más grave, como robar ganado del Ayuntamiento, por ejemplo. Además, la solución de Sydney carecía del reto y la emoción que suponía el combate cuerpo a cuerpo. No, una condena en la horca le arrebataría a Mr. Brown el voluptuoso placer de la venganza, la dulce satisfacción de ver al hombrecito humillado y rogando por misericordia.
Mr. Brown tuvo una idea.
–Dígame Sydney ¿a usted le gusta la caza?
–Ciertamente Mr. Brown, la caza es una actividad muy noble. Nada mejor que una poderosa montura, un par de expertos sabuesos y una inteligencia aguda para vencer la astucia de la zorra. He de decir que mientras viví en Inglaterra tuve oportunidad de practicarla un par de veces.
–No sea usted simple Sydney, no me refiero a ese absurdo juego de niños mimados. Me refiero a la caza mayor, a la que se practica en nuestras colonias africanas, la caza del leopardo, por ejemplo. El leopardo es una bestia formidable Sydney, es tremendamente fuerte, ágil y astuto. Algunos incluso creen que es tan inteligente como usted o como yo, que puede hablar como orador adiestrado y que tiene poderes sobrenaturales. ¿Recuerda usted a mi primo Emmet Brown? Pues bien, él la ha practicado, y con notable éxito según dicen. No creería las cosas que me ha escrito sobre ello, son absolutamente sorprendentes, se lo aseguro. Tenga, por ejemplo, el conocido caso del devorador de hombres del Curutarán, un animal magnífico que aterrorizó a toda una aldea durante meses. Desde luego, mi primo Emmet terminó por cazarlo, aunque no con poco trabajo. Era un verdadero duelo de astucia, se lo digo, un terrible juego en que sólo el jugador más adaptado podría haber triunfado. ¿Entiende usted lo que le digo Sydney?
–Si, claro. Se trata de conseguir a una de esas fabulosas bestias, para que de cuenta con Charly ¿no es así? ¡Brillante Mr. Brown! Así, no se manchará las manos y además se cumplirá nuestro cometido. ¿Cree usted que su primo esté dispuesto a hacernos llegar una hasta acá? Habrá que solucionar el problema del transporte, desde luego. ¿Cuándo arriba el próximo buque correo? En verdad que…
–Sydney, es usted un idiota –interrumpió Mr. Brown inmisericorde – ¡No traeremos un leopardo hasta acá! Lo que trato de decirle a usted es que la caza mayor es, de suyo, sumamente peligrosa y que, en un duelo tan contingente, cualquiera de los jugadores puede perder la vida ¿me sigue? ¡De veras que es usted corto de entendederas! Lo que haremos es involucrar a Charly en un accidente de caza ¿lo ve? Es sabido por todos que es así como ese hombre se procura alimento, no hay nada que impida racionalmente adivinar que ese hombre viejo y solitario podría terminar siendo alimento de su presa.
– Mr. Brown –aportó Sydney temeroso –usted sabe que en esta tierra no hay, además de los cocodrilos, bestias tan grandes como para matar a un hombre y nadie, en su sano juicio, saldría a cazar cocodrilos.
– En algo te equivocas Sydney. Lo cierto es que no sabemos que tipo de bestias hay allá afuera. El desierto se adivina vastísimo, las selvas, profundas y oscuras… pero no hemos explorado aún todo el territorio, bien podríamos haber dado algo por sentado u omitido el análisis de alguna huella tenebrosa. ¡La bestia más terrible podría estar suelta allá afuera! ¡Acechándonos! Vamos Sydney, no se deprima usted que no es tan bruto, venga, tómese conmigo otro coñac. –Sydney no supo que decir, Mr. Brown era todo sonrisa y el brillo febril de sus ojos iluminó la estancia mortecina hasta la mañana siguiente.
Al ser sorprendidos por Mr. Brown, la niña Scarlett había visto salir a Charly huyendo por la ventana con su didjeridu a cuestas. Se había quedado ahí, asustada, junto con las otras, hasta que su padre había venido por ella y le había llevado arrastrando hasta la casa. Temerosa y adolorida se había echado a llorar sobre el edredón de su cama hasta quedar profundamente dormida. En su sueño, un pequeño koala se acercó tímidamente hacia ella quien, presa de una maternal ternura se agachaba para abrazarle, se le veía tan solo, tan indefenso, tan diferente… en el momento en que ella estaba a punto de alcanzarlo, el koala se apartaba hacia atrás de un salto mientras que, con sus aceradas garras, le cortaba de un tajo la yugular.
